viernes, 10 de octubre de 2008

Las belugas

Agosto de 1980. El Calypso ha dejado Terranova y atraviesa el golfo de San Lorenzo antes de lanzarse a remontar el gran río.




La isla que acabamos de dejar en este día triste de un verano más bien corto está parcialmente cubierta de coniferas verde oscuro; pero, por lo demás, es árida y rocosa, como si las nieves y el hielo que la cubren gran parte del año hubieran arrancado de su suelo todo rastro de tierra orgánica.



Navegamos desde hace varias horas por entre un brumazón espeso y peligroso. La lúgubre sirena contra la niebla incita a la melancolía. Pero de pronto despierto sobresaltado de mi ensoñación por la campana que, desde hace treinta años, anuncia a la tripulación del Calypso que un acontecimiento inesperado merece que nos precipitemos al puente. El poco mar que alcanzamos a divisar entre la bruma está surcado por una multitud de animales de un blanco inmaculado, que se deslizan ligeramente por las olas.


Cuento varias decenas. Todos orientados en una misma dirección, mantienen siempre entre sí la misma distancia. Es un banco de belugas, el más impresionante que he visto en mi vida. Este espectáculo ilumina lo grisáceo del día... La beluga (Delphinapterus leucas) tiene la piel verdaderamente blanca. Beluga, en efecto, significa en ruso «blanco». Es un odontoceto de cuatro a 5,5 metros de longitud. Posee una gruesa cabeza redondeada, y sus aletas pectorales son largas y redondas. Gris amarillenta durante los primeros años de vida, su librea se vuelve amarilla pálida a medida que crece el animal; en la madurez es perfectamente blanca.




Que son las belugas




Las belugas viven generalmente en grupos familiares o en pequeños bancos de cinco a diez individuos. Es excepcional verlos muy numerosos. Estos animales se mantienen generalmente cerca de las costas, en los fiordos, las bahías y la desembocadura de los ríos, que a veces remontan hasta cientos de kilómetros.


En la primavera de 1966, una beluga permaneció durante un mes en las aguas del Rhin, que había remontado 400 kilómetros río arriba, desde la desembocadura hasta Bad Honnef. Durante dos semanas, el director del zoológico de Duisburg trató de capturarla para sacarla de las aguas del no, seguramente nocivas para un cetáceo, y trasladarla al delfina-rio de su parque zoológico. He aquí cómo describe su comportamiento: «La beluga se desplazaba alrededor de las embarcaciones siguiendo una técnica muy diferente de la de los pequeños delfines, cuya agilidad no posee.


A menudo se acercaba mucho a las pequeñas embarcaciones, cerca de las cuales le gustaba permanecer, empujada tal vez por la curiosidad, y esto en tanto no se sentía amenazada por los marineros. Al caer la tarde se iba a un rincón tranquilo, cerca de la orilla, donde pasaba la noche. Al día siguiente se la encontraba otra vez en el mismo sitio.»



El cetáceo había nadado durante un mes para llegar a Bad Honnef, pero dos días de loca carrera le bastaron para volver a bajar el Rhin y llegar a alta mar. Aparte de las dificultades de la captura, criar belugas en cautividad no plantea mayores problemas. Los numerosos ejemplares que viven hoy en los Marinelands parecen haberse adaptado a sus nuevas condiciones de vida. Sin embargo, son aparentemente menos resistentes a las enfermedades que los pequeños delfines.




Esta especie pasó por un período trágico. En Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Canadá, a finales de la segunda guerra mundial se desencadenó contra ella una cruzada tan absurda como injustificada. Se acusó a las belugas de entrar a saco en los bancos de peces, de dañar las redes de pesca y de perjudicar gravemente a los pescadores. Esta manifestación de auténtica psicosis colectiva.

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