viernes, 2 de enero de 2009

La ballena Moby Dick


Y no era tanto su enorme tamaño, ni su extraño color, ni incluso su mandíbula inferior deforme lo que la hacía terrible, sino su inteligencia sin igual, que, según informaciones fiables, había demostrado en muchos combates. Sus retiradas traicioneras asustaban tal vez más que todo el resto.


Se sabe de sobra que varias veces, mientras huía de sus cazadores victoriosos con todos los síntomas del pánico, había dado bruscamente media vuelta y, echándose sobre ellos, había destrozado sus embarcaciones o los había lanzado aterrados sobre sus barcos.» (Moby Dick.)




Terror de los balleneros y maldición del capitán Achab en la obra maestra de Melville, el cachalote blanco simbolizaba a todas las ballenas y focalizaba los terrores que inspiraban.


Era el fantasma de las pesadillas de los hombres desesperados, o de los aventureros que, a cambio de un miserable salario, se embarcaban durante largos meses en sólidos veleros a la persecución del monstruo.


Una vez localizado el rebaño, se botaban las chalupas, también llamadas balleneras. En un mar hostil y peligroso, seis hombres en una barca de nueve metros acosaban a un cetáceo de 15 a 18 metros. A fuerza de remos, la ballenera alcanzaba al animal. Se producía entonces el choque, la lucha cuerpo a cuerpo. El arponero lanzaba su arma provista de una larga cuerda. El animal herido huía precipitadamente, arrastrando a la chalupa en su carrera demencial, entrecortada por buceos, bruscos giros y formidables coletazos. Durante la persecución, que duraba a veces horas, la vida de los hombres estaba en constante peligro.




La caza de la ballena Moby Dick




Pero el enorme animal acababa por agotarse al desangrarse, y la chalupa se le acercaba. Un hombre armado de una lanza apuntaba a un punto concreto, cerca del ojo del animal herido, y lo mataba. Remolcado hasta el barco, el cadáver se ataba a estribor, la cola dirigida hacia la proa, y el descuartizamiento empezaba. En el transcurso de cuatro o cinco horas, el animal era cortado en trozos.


Se derretía la grasa en enormes calderos. La cabeza de un solo cachalote daba varios barriles de espermaceti, ese aceite muy puro y valioso que se empleaba en relojería y en la fabricación de cosméticos.


En las visceras del cetáceo se encontraba a veces ámbar gris. Esta sustancia olorosa, que se forma en el intestino del animal, es probablemente el residuo de la digestión de los calamares, y su valor resulta todavía hoy muy elevado. La masacre duró años y los animales fueron escaseando cada vez más. Afortunadamente para ellos, el petróleo sustituyó al aceite de cetáceo para el alumbrado.




La caza de la ballena tuvo un período de descanso. Pero en 1868, el noruego Svend Foyn puso a punto una invención que impulsó nuevamente la actividad de los balleneros: se trataba del cañón lanzaarpones, capaz de clavar a distancia un arpón de cabeza explosiva en el cuerpo del animal.


Unido a la propulsión a vapor, otro descubrimiento de aquella época, el cañón permitió acosar a los rorcuales (ror-cual azul, rorcual franco, yubarta), intocables hasta entonces debido a su rapidez. Al principio del siglo XX volvió la caza a gran escala, después de que se descubriera que el aceite de cetáceo podía utilizarse en la fabricación de margarina y de otros productos alimenticios, farmacéuticos e industriales. Los despoblados mares de la región septentrional y templada del globo fueron abandonados, y los barcos se dirigieron a las ricas aguas del Antartico. Prepararon en primer lugar bases terrestres para tratar a los animales cazados, pero con posterioridad la técnica se mejoró hasta llegar a los modernos barcos factoría, que sirven de base a las flotas balleneras.


La matanza de los rorcuales azules en el Antartico culminó entre los años 1930 y 1940, en los cuales se mataron anualmente unos 30.000 ejemplares. El número de grandes cetáceos descendió peligrosamente. Después de la pausa debida a la guerra, y a pesar de que los rebaños no se habían rehecho durante el período de interrupción de la caza, nuevas naciones practicaron esta actividad. Más de 45.000 cetáceos (rorcuales azules, cachalotes, rorcuales comunes, etc.) fueron abatidos anualmente.



En 1949 se creó en Londres la Comisión Ballenera Internacional (CBI), que fija los cupos por especies y que define las características de las ballenas que pueden ser cazadas cada año. La tragedia de las ballenas no ha terminado, sin embargo: varios países, en especial la Unión Soviética y el Japón, se niegan a aplicar las recomendaciones de la CBI. Sus flotas son incontrolables e incontroladas.

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