domingo, 22 de marzo de 2009

La vida del delfín


Desde hace años un sueño me persigue: fijar una cámara al lomo de un delfín para filmar su propia vida y la de sus congéneres. A menudo he fantaseado sobre las imágenes que proporcionaría experimento semejante: zambullidas como para cortar la respiración en el agua azul que centellea alrededor del objetivo igual que fuegos artificiales; raudas subidas cegadoras hacia el sol cuando el operador salta en el aire; tiernas escenas entre los miembros del grupo...




Con un poco de suerte, mi delfín cineasta filmaría el nacimiento de un retoño de su especie y su amamantamiento. Nos mostraría los apareamientos...



La vida del delfín mostrada por el mismo




Yo he tenido a menudo mucha suerte en mis empresas, e incluso ésta no me parecía del todo imposible. Fabricamos un arnés adaptado al cuerpo del delfín, sobre el que podía instalarse una cámara. Capturamos un animal escogido a propósito por su gran tamaño y su robustez. La operación, por eso, fue larga y difícil, de modo que cuando hubimos * ajustado la cámara sobre el lomo del animal y lo soltamos, la manada de la que le habíamos sacado se había alejado ya. Nuestro operador aficionado hizo cuanto pudo por acercarse a sus compañeros, pero no consiguió alcanzarlos.


Debilitado por las emociones de la captura, con todo el peso del arnés y de la cámara, entorpecido en todos sus movimientos, era incapaz de alcanzar al pelotón. Le recuperamos desde el bote neumático para desembarazarle del equipo y le soltamos nuevamente.



Días después de esta primera decepción, capturamos un ejemplar más corpulento todavía, teniendo cuidado esa vez de soltarle en medio del grupo. La desilusión fue completa. El animal nadaba a pesar de todo más lento que sus compañeros. Estos últimos no sólo le dejaron atrás rápidamente, sino que hicieron luego lo imposible para evitar que se les acercara. Tenían miedo de él, desconfiaban, le evitaban deliberadamente. Volvimos a liberar a nuestro segundo «delfín cineasta» del equipo que le hacía extraño a su propia familia. Cuando equipamos a un tercer delfín con un emisor de radio, los resultados fueron peores aún.

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