lunes, 22 de diciembre de 2008

Las fochas


Pertenecen al género Fúlica las fochas, que durante la época de celo defienden enérgicamente sus territorios enfrentándose con otros individuos de su especie y rociándolos con agua. Para ello arquean primero las alas manteniendo inclinada la cabeza y, si no se produce la retirada de ninguno de los contrincantes, nadan juntos de lado salpicándose mutuamente con ayuda de las alas.




Al cabo de unos pocos segundos, se retirará una de las aves luchadoras, seguida por la vencedora. La especie más común es la focha común o europea (F. aira), frecuente en España, que tiene en el pico una placa frontal blanca.




Como se defienden las fochas




Es una excelente nadadora, tiene las patas verdes y los dedos lobulados. Pasado el período de la nidificación, estos animales gustan de reunirse en grupos a veces muy numerosos y, cuando se sienten molestados, levantan el vuelo después de una larga carrerilla, necesaria para despegar. La focha gigante (F. gigantea), propia de algunos lagos de los Andes, es característica por su costumbre de construirse el nido con piedras formando un islote en el centro de estanques y pequeños lagos.




En España es rara la presencia de la focha cornuda (F. cristata), propia de África, que se distingue fácilmente por su placa frontal ahorquillada por la parte superior, formando dos especies de cornetes de color rojo. Hay que recordar finalmente el rascón de Tristan de Cunha (Atlantisia rogersi), el rascón de bosque (Tricholimnas sylvestris) de la isla de Lord Howe (en el Pacífico), los géneros Rallina indoaustraliano, Rallicula de Nueva Guinea y Aramides de América del Sur.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Osos marinos

Día 7 de marzo de 1968. Ayer, frente a las costas del cabo de Buena Esperanza, nuestros buceadores se han encontrado, entre las algas que rodean a la isla de las Focas, un oso marino de un año.»



Esta observación, anotada apresuradamente en el diario de a bordo del Calypso, marca el principio de una aventura entre las más divertidas y conmovedoras que he vivido en el curso de los años pasados en contacto con los animales. Durante la «gran travesía» que nos llevó a todos los mares de nuestro planeta para filmar a los animales y los lugares más insólitos, decidí un día adoptar a dos otáridos. Eran dos jóvenes machos, a los que pusimos Pepito y Cristóbal, y que mantuvimos a bordo del Calypso durante varios meses. Pero antes de relatar esta historia, digamos unas palabras sobre los otarios. La longitud total de los animales de la familia de los otáridos varía entre 1,50 metros y 3,50 metros, y su peso va de los 35 a los 350 kilogramos, siendo las hembras mucho más pequeñas que los machos.



Que son los osos marinos



Los otáridos pertenecen al orden de los pinnipedos. Se distinguen de las focas (fócidos) y de las morsas (obedénidos) por la presencia en ellos de pabellones auriculares, aunque sean pequeños, y por la estructura del cuerpo, particularmente esbelta. Su cola es corta, y los miembros anteriores se han transformado en grandes aletas, cuya longitud alcanza la cuarta parte del total del cuerpo. Sus miembros posteriores, que pueden doblarse hacia adelante bajo el vientre, les sirven para desplazarse con bastante rapidez en tierra firme.



Los dedos de sus manos y los de los pies están unidos entre sí con una membrana interdigital sostenida por cartílagos. Mamíferos muy gregarios, sobre todo durante la época de celo, pueden ser vistos en tierra rebaños compuestos por centenares de individuos. Según su tipo de pelaje se dividen los otáridos en leones marinos (de pelo áspero) y osos marinos (de pelo corto), suave y apretado, tan apreciado en peletería.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Las yubartas

Macizas y pesadas, dotadas de aletas pectorales largas y finas, las yubartas (Megaptera novaeangliae), también llamadas ballenas xibartes, al sumergirse arquean su espalda como si tuvieran una joroba.




Bajo la superficie entonces impenetrable del mar, los balleneros no podían sospechar la belleza, el encanto fluido de estos misticetos, ni el impresionante despliegue de sus aletas pectorales blancas. Viajeras infatigables, las yubartas migran con regularidad desde las aguas polares hacia los mares tropicales, y viceversa.


Por lo general se las encuentra en el Caribe hacia la mitad de febrero, especialmente en los canales poco profundos que dividen al archipiélago de las islas Vírgenes. La caza de la ballena xibarte está prohibida por la Comisión Ballenera Internacional, como lo está la de las diferentes ballenas francas, la del rorcual azul y la de la ballena gris. En la actualidad se pueden elaborar los productos obtenidos tradicionalmente de las ballenas sin tener que recurrir al exterminio de los cetáceos.




Estos han proporcionado durante decenios materiales básicos en la fabricación de bienes de consumo: aceite bronceador, lápiz de labios, jabón, margarina, alimentos para perros y gatos, abonos, aceites de alumbrado, sin olvidar las famosas ballenas de los corsés y paraguas, fabricadas a partir de las barbas de los misticetos. Hoy día existen en todos estos casos productos sustitutivos. «¡Resopla. Allí, allí, allí!» La tripulación del Calypso utiliza el grito tradicional de los antiguos balleneros para indicar que una ballena ha sido avistada. Provistos de cámaras, Francois Dorado, Raymond Coli y mi hijo Philippe embarcan en una lancha neumática. Este macho solitario, probablemente el explorador y cabecilla de un rebaño que se dirige hacia el norte, mide 16 metros y pesa unas 50 toneladas.




Como es la vida de las yubartas




Después de subir a la superficie para respirar, desciende rápidamente a unos treinta metros de profundidad. Desde el helicóptero gracias al cual dirijo las operaciones, lo veo evolucionar en el seno de las aguas como una enorme nave con alas delta.




Veloz, Raymond Coli se introduce en el agua encima de la silueta estilizada del animal. Por supuesto, un buceador no es capaz de nadar tan rápidamente como una ballena, y la única cosa que puede hacer Raymond es enfocarla unos pocos segundos para obtener unas imágenes al pasar. Propulsada por su potente cola, la yubarta boga sin esfuerzo a 10 kilómetros por hora. Si siente la necesidad, puede mantenerse a velocidades de 20 ó 30 kilómetros por hora: filmarla bajo el agua es cuestión de suerte. En la proa de la lancha neumática lanzada a toda velocidad, Philippe espera el momento de zambullirse para recoger a su vez una imagen del animal.


Con esta técnica, después de un día entero de trabajo, decenas de inmersiones y kilómetros de acrobacias en la lancha, llegamos al resultado de unos pocos metros de película utilizable, en los que sólo aparece la silueta decepcionante de una gran cola que se aleja... Con un aletazo, la yubarta gira bruscamente para huir de Philippe, que se encuentra allí, en algún lugar bajo la espuma.


Luego realiza una ágil media vuelta. Una vez más, Philippe ha sido despistado. Desde el cielo, me doy cuenta de las dificultades de la empresa. Los esfuerzos de los buceadores y de los operadores, por muy expertos que sean y por muy entrenados que estén, resultan irrisorios frente a la agilidad, la potencia y la masa de estos animales marinos, que quizá nos consideren como nosotros consideramos a las hormigas.



De todas las ballenas de gran tamaño, la yubarta es la más juguetona. Se la ve a menudo saltar muy alto por encima de las olas antes de caer con gran estrépito. Es también muy hermosa. Una antigua ley inglesa la designaba como el «pez real». El término pez resulta evidentemente impropio para definirla, pero su aspecto es en verdad real.


La cara inferior de su aleta caudal parece formada de piel de armiño, y sus aletas laterales, de una longitud igual al tercio del cuerpo, son también de una blancura resplandeciente. Nuestra amiga la ballena xibarte, que acaba de gastar una broma a Philippe, parece atraída por los remolinos que provocan bajo la superficie del mar las palas del helicóptero. Viene a refrescarse debajo de este ventilador gigante. Después de abonadonarnos tras un potente coletazo, nos observa y nos saluda cordialmente con su aleta.

martes, 18 de noviembre de 2008

Los delfines

Un investigador que observaba a través de un ojo de buey a unos delfines cautivos sopló en broma el humo de su pitillo contra el cristal del ojo de buey, bajo la atenta mirada de un bebé delfín que le observaba al otro lado. Después de un instante de duda, el pequeño delfín se dirigió hacia su madre para chupar una bocanada de leche. De vuelta otra vez ante el ojo de buey, el animal escupió la leche en dirección del investigador, provocando así una nube lechosa semejante a la que había creado el humo del cigarrillo.



He leído hace poco esta anécdota. Ilustra maravillosamente una de las características distintivas de los delfines: estos odontocetos son capaces de imitación. ¿Tienen también sentido del humor? Entre las especies animales, algunas presentan un comportamiento genético programado; dicho de otra manera, «un instinto»; en otros, el individuo debe construir por sí mismo, en un ambiente preestablecido, sin embargo, todos los conocimientos indispensables para su supervivencia; por fin, en algunas especies superiores, el individuo puede utilizar para su provecho la experiencia de otros.

El progreso del hombre, que acumula y transmite de generación en generación su experiencia y sus descubrimientos, está basado en este mecanismo. Uno de los medios de transmisión de este valioso patrimonio consiste en la imitación, que no es, evidentemente, una de nuestras características exclusivas.

Los odontocetos tienen otras analogías con el hombre. Su cerebro, particularmente voluminoso, está dotado de numerosas circunvoluciones. Junto con el del hombre, es el único en tener una característica importante: la presencia, en el mesencéfalo, de sustancia gris, que no poseen ni los grandes monos antropoides. Algunos científicos afirman que el cerebro de varios cetáceos alcanza un grado de perfección superior al del cerebro humano, hasta el punto de que debemos dudar de lo que fue una certeza durante siglos: la preeminencia del cerebro humano sobre el de los demás animales.



Hablemos del lenguaje. La laringe de los odontocetos presenta también una característica única: la epiglotis y los cartílagos aritenoides están tan desarrollados que forman una prolongación semejante a un pico de ganso, que se extiende hasta la parte inferior del conducto nasal y que puede ser cerrado por un músculo que lo rodea. Esta particularidad anatómica permite a los odontocetos modular las diferencias de presión del aire durante la respiración y juega un importante papel en la emisión de sonidos. El delfín «habla» emitiendo una serie de sonidos extremadamente variados, tanto en las frecuencias perceptibles para el oído humano como en ultrasonido.


La inteligencia de los delfines



Hemos visto la gran capacidad de imitación de los delfines. Estos mamíferos marinos son igualmente capaces de copiar el lenguaje humano, aunque de forma menos perceptible que la de los loros, pero esto se debe al hecho de que los delfines hablan más rápido que nosotros.

Algunos eetólogos están convencidos de que, mediante un entrenamiento adecuado, sería posible enseñar a los delfines a hablar más despacio, y por lo tanto a dialogar con nosotros. Los animales podrían respondernos, y no sólo mirar lo que les dice el domador. Los experimentos llevados a cabo en esta dirección no han dado fruto hasta el momento.



De cualquier forma, no cabe duda que, a diferencia de los demás animales, si exceptuamos al hombre, el delfín es capaz de formar una frase de dos palabras unidas, base de un verdadero lenguaje. Para el que aborda con una mente atenta el comportamiento de los delfines y el de los odontocetos en general, los motivos de sorpresa son múltiples.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Los jacánidos

Los Jacánidos son aves de pequeñas dimensiones (35-40 cm) y patas muy alargadas que viven en zonas pantanosas. El aspecto alargado de las patas se encuentra acentuado, además, por sus dedos, sumamente largos y provistos de uñas rectas, la posterior mucho más larga que el propio dedo y en extremo afilada. Esta conformación del pie constituye una perfecta adaptación a la vida sobre la vegetación flotante. La coloración de estos animales se mueve en torno a los tonos rojizos y broncíneos, con zonas blancas en las que aparecen dibujos oscuros, especialmente en el abdomen. Los sexos son parecidos y los jóvenes de todas las especies son similares, pues tienen un color tostado rojizo por la parte superior y casi de un blanco sucio por la inferior.


El pico es alargado, recto y comprimido, con la punta ligeramente curvada en su extremo; las alas son bastante largas, mientras que la cola es corta, excepto en el caso del faisán de agua. Hay algunas especies que, durante el vuelo, muestran un visible y característico dibujo de las alas, casi en forma de espejo, aunque sin los reflejos metálicos típicos de los ánades.



La alimentación de los jacánidos



La alimentación es variada y consta de insectos, diversos invertebrados acuáticos y vegetales. Los Jacánidos están en condiciones de correr con sorprendente rapidez por encima de la vegetación acuática, aparte de que son excelentes buceadores y nadadores, aproximándose más en este aspecto a los Rálidos que a los demás caradriformes. Comúnmente viven en parejas o aislados, si bien en determinadas circunstancias pueden reunirse en grupos en el transcurso del período no reproductivo. No son aves migratorias, pero efectúan desplazamientos de una cierta importancia.



Los Jacánidos, que son aves silenciosas, para pedir socorro no dudan en emitir gritos de alarma. El cortejo comporta unas exhibiciones muy interesantes, como el estremecimiento de las alas, diferentes reverencias y otras curiosas posturas. Forman parte de la familia seis géneros y siete especies. El faisán de agua (Hydrophasianus chirurgus) está circunscrito a Asia tropical; Metopodius indicus pertenece a la India y a buena parte del África oriental y su territorio limita al este con el de Irediparra gallinacea de Indonesia y Australia. La jacana americana o gallito de agua Jacana spinosa, con sus diferentes subespecies, se encuentra difundida en gran parte de América tropical. Pueden citarse igualmente Microparra capensis del África oriental, Actophilornis africana de la región etiópica y Actophilornis albinucha de Madagascar.

Relación del delfin con el hombre

Un público heterogéneo de niños y adultos se aprieta codo con codo en las gradas alrededor de una inmensa piscina, más grande que las utilizadas para disputar las competiciones olímpicas de natación. En la plataforma elevada que pende sobre el espejo azul del agua se agita un hombre manipulando sucesivamente un pescado, balones, perchas; en una palabra, todo el atrezzo abigarrado del circo. A sus voces de mando, magníficos delfines de piel reluciente saltan valientemente fuera del agua o hacen mil cabriolas. El público se desternilla de risa.


Hace treinta años, ningún organizador de espectáculos hubiera podido imaginarse un número semejante. Hoy día, la presentación de delfines amaestrados es moneda corriente.



El hecho de que un delfín jamás haya mordido o atacado a un ser humano, su extrema docilidad y su excepcional capacidad de imitación, que le permite aprender rápidamente los números que se le enseñan, han incitado a investigadores y científicos, así como a los organizadores de espectáculos lucrativos, a capturar y amaestrar a estos mamíferos para tratar de hacer de ellos animales domésticos.

Los biólogos y etólogos se han interesado particularmente en la especie Tursiops truncatus, el delfín mular, considerado como el más dócil para ser domesticado; pero recientemente se ha descubierto que la mayoría de los odontocetos se prestan con facilidad a los experimentos y están dotados de la misma capacidad de aprendizaje.

Para juzgar el éxito obtenido hasta hoy con los delfines, no hay que olvidar que fueron necesarios miles de años para que los animales domésticos que ahora conocemos se hicieran lo que hoy día son: el desenlace de una larguísima selección operada a través de innumerables generaciones y cruces.

Tratándose de mamíferos marinos, nuestros logros no han hecho más que empezar: fue en 1964 cuando por primera vez delfines amaestrados para llevar a cabo una misión específica fueron soltados en el mar. Por lo demás, hasta ahora se conocen 70 especies de pequeños cetáceos, incluidos los delfines. Si el hombre quiere crear una relación de colaboración y de amistad con los delfines, debe armarse de mucha paciencia y emplear mucho tiempo antes de esperar obtener resultados tangibles. El amaestramiento de delfines en cautividad es el último de una serie de problemas. Para el que ama a los animales, el más serio es el de su captura.

La multiplicación de los centros de diversión llamados Marinelands ha suscitado la aparición de unos personajes especializados en el arte de capturar mamíferos marinos para venderlos, ya amaestrados o todavía «salvajes».



Como es la relación del delfín con el hombre



Como los cazadores de animales destinados a los zoológicos y los circos, estos individuos son en general negociantes sin escrúpulos. Lo único que les importa es el dinero; tratan a los animales como mercancía y no como seres vivos dignos de respeto y de comprensión. La captura entraña a veces heridas o incluso la muerte de los sujetos elegidos; pero la abundancia de delfines permite este «desperdicio». El problema del shock físico y psicológico sufrido por el cetáceo a causa de una captura traumatizante efectuada con medios expeditivos, no preocupa para nada a estos traficantes. Ellos saben que no se puede prever de qué forma el prisionero se va a adaptar a la cautividad. Los reacios junto con los menos «buenos» serán de todas maneras eliminados.



Y es un gran problema. Un cierto número de cetáceos aceptan en pocos días ser alimentados por la mano del hombre, evolucionando en el limitado espacio de una piscina y viviendo solos o cerca de delfines de otros rebaños (o de otras especies). Pero son más numerosos los animales que rehusan todo alimento y se refugian en un rincón de su prisión, donde se dejan morir si no se les suelta prontamente. Nadie sabe, por lo demás, si los animales reanudan sin mayor dificultad el hilo normal de su existencia después de haber recobrado su libertad. Tal vez queden marcados para siempre por la experiencia brutal de la captura.

Vida en libertad de los osos marinos

Un día descubrimos en el fondo del agua los cañones de un galeón español, que —¿quién sabe?— puede que contenga un tesoro... Apasionados en seguida por este trabajo de investigación sobre el pecio. Falco y Coli no se dan cuenta de inmediato de que Cristóbal presta oídos complacientes a la llamada de la libertad. Quien lo advierte es Maritano, nuestro capitán. Tras una zambullida más prolongada que de costumbre, Cristóbal ha sacado la cabeza fuera del agua a buena distancia de las burbujas emitidas por las escanfadras de los buceadores, y nada rápidamente en dirección opuesta a donde está el Calypso anclado. Los hombres han exterminado desde hace tiempo a las focas fraile, parientes de los osos marinos que poblaban en otro tiempo el mar Caribe, y éste no es el lugar ideal para una otaria guiada por sus instintos nómadas. Seguimos a Cristóbal con los prismáticos mientras Coli se dispone a alcanzarlo con el bote neumático y prepara trozos de calamar como cebo para hacer que el animal dé media vuelta. Pero Cristóbal está ya muy lejos...




Desesperado, Pepito vaga por cubierta buscando a su amigo, sin lograr entender que Cristóbal ha partido para siempre. Tampoco se sabe explicar por qué los hombres están tan apagados y silenciosos, sin ganas de divertirse. Sus largos baños matinales han sido suprimidos, y el Calypso se ha puesto nuevamente en movimiento. Solicita frecuentemente de Raymond caricias y consuelo... En el muelle de San Juan de Puerto Rico, donde hemos fondeado, los pescadores cuentan una historia que nos hace prestar oído atento. Hace unos días, un pescador capturó en el mar una otaria, una criatura extrañamente familiar que en pocas horas se ha tragado 20 kilogramos de pescado, el fruto de toda una jornada de labor. Después de mucho pensarlo, el pescador ha decidido mirar por su presupuesto vendiendo la otaria... Encontramos a este hombre, que nos da otros detalles. Y no nos cabe ya duda.




Como es la vida en libertad de los osos marinos




¡No resulta fácil recuperar a Cristóbal.' Desconfiada e interesada, la mujer que lo ha comprado se aviene, no obstante, cuando le prometemos que figurará en una secuencia de nuestra película sobre los osos marinos, puesto que ha contribuido a salvar a uno de ellos. Pagamos la nota (¡estratosférica!) que nos presenta como indemnización por los gastos (!) que ha tenido para mantener a Cristóbal. ¡Pobre Cristóbal! Le encontramos en pésimas condiciones, mal alimentado, delgado y doliente, en una balsa de plástico inflable en medio de excrementos. Le llevamos de nuevo a bordo del Calypso en automóvil. En el muelle de San Juan, el comité de recepción incluye fotógrafos, operadores de la televisión local, periodistas, la tripulación del Calypso en pleno y Pepito, que es el primero en precipitarse para abrazar al amigo recobrado. Nosotros mismos estamos en un estado deplorable. Las emociones del viaje han desencadenado en Cristóbal un cólico incontenible... El automóvil apesta verdaderamente.




El cocinero de a bordo ha preparado calamares a la provenzal, el plato preferido de Pepito y Cristóbal, que compartimos con ellos en una confusión indescriptible. A la mañana siguiente, la historia, pasablemente aumentada, aparece en la prensa local, y los habitantes de San Juan se precipitan a bordo para ver al héroe del día. Tras nuestra sonrisa hospitalaria se oculta la prisa por volver al mar lo más pronto posible, pues Pepito y Cristóbal están bastante perturbados con todos estos acontecimientos.




Dos semanas después de su vuelta a bordo, Cristóbal cae enfermo. En realidad nunca se ha repuesto totalmente de las consecuencias de su fuga, de su estancia en un estanque demasiado pequeño y lleno de excrementos, y sin duda también del régimen alimentario que ha tenido durante este período. El médico de a bordo hace lo que puede, pero el animal se encuentra en un estado crítico. No sirven para nada ni inyecciones de cardiotónicos ni, incluso, masaje al corazón. Cristóbal muere.




También para Pepito la aventura toca a su fin, pero afortunadamente de forma menos trágica. Unas semanas después, el Calypso se adentra en el Pacífico por el canal de Panamá. Quiero liberar a Pepito en una zona donde pueda sobrevivir.


A lo largo de la costa peruana, paramos máquinas cerca de las islas Chíneos, pobladas por osos marinos de la especie Arc-tocephalus australis. Más pardos que Pepito, tienen la nariz algo más larga, pero son ciertamente aptos para vivir con él. Capturamos e izamos a bordo a una de estas otarias para que los biólogos la examinen, pidiéndoles que comprueben si está sana y presenta las características necesarias que garanticen una feliz estancia de Pepito en la colonia.


Pero, desdiciendo todas las conclusiones de los biólogos, Pepito se arroja al agua —nunca lo había hecho antes— y escapa... Es la mejor solución, sin duda alguna. Personalmente, lo habría pasado mal de tener yo que tomar la iniciativa de la separación; lo mismo sentirían todos los demás del Calypso. Preferimos que él haya partido por sí mismo, y únicamente deseamos que haya encontrado, en los antípodas de su isla natal, un modo de vida natural y agradable, similar al que habría llevado si los hombres no le hubieran arrebatado de su hábitat de origen.