domingo, 10 de mayo de 2009

El hoazín

El hoazín u hoatzín o pájaro fétido (Opisthocomus hoazin), llamado así por el olor desagradable que emana, presenta unas características anatómicas tales que dificultan en gran manera su clasificación sistemática. En esta obra, siguiendo a la mayoría de los estudiosos, se sitúa en una familia de por sí (Opistocó-midos) y forma parte del orden de los Galliformes. Mide 30 cm de longitud (con otros tantos de cola), es de color oscuro con manchas blancas en el lomo y posee las zonas inferiores más pálidas; las plumas remeras son de color marrón; su larga cola es bastante oscura; la cabeza está adornada con un penacho de plumas eréctiles.



Son típicas entre sus características anatómicas la forma y aspecto del buche, hasta tal punto dilatado que provoca dislocación de las espaldas y del esternón, así como una reducción de la curva del esternón y de los músculos utilizados para el vuelo. Ciertos rasgos del hoazín parecen incluso entroncarlo con aves actualmente extinguidas.

La estructura del ala recuerda, en el individuo joven, la del Archaeopteryx, debido a que los dedos primero y segundo poseen verdaderas uñas, movidas por unos músculos particulares, que ayudan al animal a agarrarse a las ramas de los árboles, a los que consigue trepar a la manera de algunos reptiles. El desarrollo de las plumas rémiges sufre un retraso, probablemente como consecuencia de esta adaptación específica.



Características del ave hoazín



Nos encontramos pues frente a un "fósil viviente" o frente a un eslabón de conjunción entre las aves primitivas y las más evolucionadas, aunque sólo sea considerando la estructura del buche que, como señalábamos anteriormente, tiene unas dimensiones insólitas y está constituido por una larga serie de cámaras separadas, dentro de las cuales, y al pasar de una a otra, se comprime y tritura el alimento. La dieta de esta ave está integrada por hojas, flores y frutos de diversas plantas y se completa ocasionalmente por pececillos o pequeños cangrejos capturados en aguas someras.



Las crías se alimentan del amasijo que se forma en el buche de sus padres, hasta el que llegan introduciendo la cabeza en la boca de aquéllos. Aun cuando las crías sean nidícolas, muestran muy pronto una franca tendencia a explorar las zonas circundantes, lo que efectúan ayudándose con las uñas que tienen en las alas y con su robusto pico, que les permite trepar por los árboles. Sin embargo, sucede a menudo que de pronto se hace necesario protegerse de los enemigos, en cuyo caso las crías se lanzan rápidamente al agua, donde nadan con gran habilidad y se zambullen para reaparecer un poco más lejos y encaramarse a otro árbol.

sábado, 18 de abril de 2009

Las morsas

Ha llegado la hora de enfrentarnos por primera vez a un rebaño de morsas del Ártico. Después de mucho buscar en la nieve y la bruma, y con la ayuda de nuestro guía esquimal, en apariencia indiferente a las condiciones climáticas para nosotros insoportables, encontramos por fin las morsas en esta herniosa mañana primaveral. Amontonadas unas sobre otras, van a la deriva sobre un témpano de hielo.




Los manuales de zoología nos enseñan que se trata de mamíferos pinnipedos cuyo nombre científico es Odebenus rosmarus. Los esquimales las llaman a veces «las que marchan con los dientes». De hecho, es común ver a una morsa izarse sobre el hielo sirviéndose de los dos largos colmillos que caracterizan a la especie.




Importancia de las morsas para los hombres del ártico




Los machos miden entre tres y cinco metros, y las hembras tres metros aproximadamente. Los primeros pesan entre 1.000 y 1.500 kilogramos; las segundas cerca de 800. La especie se divide en tres subespecies: las morsas del Ártico, las del mar de Laptev y las del Pacífico. Algunos autores hacen otra clasificación, que comporta solamente dos subespecies. Se calcula que, a mediados del siglo XVIII. vivían en el Pacífico unas 200.000 morsas. En la actualidad quedan menos de 45.000.


Anualmente, una parte de esta población desaparece todavía a manos de los cazadores; por desgracia, el índice de natalidad entre las morsas apenas supera el 10 por 100. Al final, no se puede sino temer la extinción de la especie. Sin embargo, algunas de las medidas de protección adoptadas recientemente hacen pensar en su supervivencia. Hoy día, sólo los esquimales y los chukches —población indígena del extremo nororiental de Asia— pueden cazar morsas, estando estrictamente limitado por la ley el número de animales abatidos.




Pero, ¿por qué esta caza despiadada, que ha reducido la población de morsas al grado de amenazar la supervivencia de la especie?




La respuesta es sencilla. Para los hombres del Ártico, la morsa representa una fuente de subsistencia que responde a sus necesidades fundamentales. La muerte de una morsa asegura por mucho tiempo la vida de toda una familia esquimal.

Liberacion de los osos marinos

Día 16 de abril. Una jornada de gran importancia para Cristóbal y Pepito. Por primera vez, después de treinta y seis días de navegación, vuelven al mar. Un mar muy diferente del que conocían. El Calypso ha echado anclas en Tobago Cays, en la isla Granadina. Con redes, hemos cerrado una pequeña bahía rocosa donde los osos marinos sudafricanos nadarán en compañía de los hombres.

Falco y Coli serán sus compañeros de inmersión. Pepito está tranquilo, y Cristóbal se adapta poco a poco a la vida en común con Bébert, que nunca le deja solo. Falco es el primero en echarse al agua, mientras deseamos que a Cristóbal —el rebelde— no se le ocurra alejarse y huir. Por fortuna, nos equivocamos de medio a medio. Permanece tranquilo junto a su amigo, al contrario que Pepito, el cual manifiesta su independencia nadando rápidamente alrededor de la bahía, tratando de descubrir dónde se encuentra, y por dónde podría escapar.



Durante unos días, los hombres nadan junto a los osos marinos. Viendo que todo transcurre normalmente, y que los animales se han acostumbrado a su nuevo habitat y que les agrada echarse al agua con sus amigos, decido pasar a la siguiente etapa del experimento, cuyo éxito depende enteramente del grado de confianza que los osos marinos hayan adquirido respecto de sus compañeros humanos.

Deseamos fervientemente que ya para entonces se hayan establecido los mismos lazos entre ellos que los que, desde hace milenios, unen al perro y al hombre. El 1 de mayo. Falco y Coli se zambullen nuevamente, con las manos llenas de calamares frescos para incitar a Pepito y Cristóbal a seguirlos. Sólo unas boyas al cabo de unas cuerdas que les hemos atado, podrán ayudarnos a recobrar a los dos pinnipedos si deciden aventurarse a alta mar.



Liberacion de los osos marinos al mar



Pero la experiencia adopta un aspecto positivo. Nadando cerca de Coli y de Falco, las otarias se dirigen hacia el fondo de la bahía para reanudar los juegos a los que están habituadas en su «privado» parque submarino. Esta nueva iniciativa, coronada por el éxito, me convence de que los animales están dispuestos a afrontar una nueva prueba de confianza: la del hombre y el mamífero marino totalmente libres en la inmensidad oceánica. Experiencia crucial...



En la mañana del 3 de mayo, izamos a bordo las redes. Pepito y Cristóbal ignoran evidentemente que hoy nadarán a mar abierto sin la menor traba, que serán perfectamente libres de escapar, y que sólo su propio deseo podrá retenerlos cerca de los hombres que, desde hace días, los han mimado, nutrido y acariciado con afecto y dedicación. Por el contrario. Coli y Falco se preguntan angustiosamente sobre el resultado de su trabajo: ¿se han ganado definitivamente la amistad y la confianza de estas graciosas criaturas?



Pepito es el primero en sumergirse, seguido por Raymond Coli. Luego se echan al agua juntos Falco y Cristóbal. Los osos marinos suben rápidamente a la superficie, como para orientarse; los hombres se quedan parados y esperan. Entonces, sin la menor vacilación, Pepito y Cristóbal se les acercan para invitarlos a jugar. Inolvidable momento: ha nacido una verdadera amistad.



Cuando los cuatro suben a bordo, se disipan los escrúpulos que desde hace días me atormentaban. Ahora sé que el hombre no es necesariamente sinónimo de peligro y de muerte para las otarias. He comprobado, con mucho agrado, que mi propia especie y el mamífero marino pueden vivir juntos, como amigos leales, por poca.

domingo, 22 de marzo de 2009

La vida del delfín


Desde hace años un sueño me persigue: fijar una cámara al lomo de un delfín para filmar su propia vida y la de sus congéneres. A menudo he fantaseado sobre las imágenes que proporcionaría experimento semejante: zambullidas como para cortar la respiración en el agua azul que centellea alrededor del objetivo igual que fuegos artificiales; raudas subidas cegadoras hacia el sol cuando el operador salta en el aire; tiernas escenas entre los miembros del grupo...




Con un poco de suerte, mi delfín cineasta filmaría el nacimiento de un retoño de su especie y su amamantamiento. Nos mostraría los apareamientos...



La vida del delfín mostrada por el mismo




Yo he tenido a menudo mucha suerte en mis empresas, e incluso ésta no me parecía del todo imposible. Fabricamos un arnés adaptado al cuerpo del delfín, sobre el que podía instalarse una cámara. Capturamos un animal escogido a propósito por su gran tamaño y su robustez. La operación, por eso, fue larga y difícil, de modo que cuando hubimos * ajustado la cámara sobre el lomo del animal y lo soltamos, la manada de la que le habíamos sacado se había alejado ya. Nuestro operador aficionado hizo cuanto pudo por acercarse a sus compañeros, pero no consiguió alcanzarlos.


Debilitado por las emociones de la captura, con todo el peso del arnés y de la cámara, entorpecido en todos sus movimientos, era incapaz de alcanzar al pelotón. Le recuperamos desde el bote neumático para desembarazarle del equipo y le soltamos nuevamente.



Días después de esta primera decepción, capturamos un ejemplar más corpulento todavía, teniendo cuidado esa vez de soltarle en medio del grupo. La desilusión fue completa. El animal nadaba a pesar de todo más lento que sus compañeros. Estos últimos no sólo le dejaron atrás rápidamente, sino que hicieron luego lo imposible para evitar que se les acercara. Tenían miedo de él, desconfiaban, le evitaban deliberadamente. Volvimos a liberar a nuestro segundo «delfín cineasta» del equipo que le hacía extraño a su propia familia. Cuando equipamos a un tercer delfín con un emisor de radio, los resultados fueron peores aún.

domingo, 15 de febrero de 2009

El territorio de los osos marinos

Para aparearse y reproducirse, los osos marinos de El Cabo eligen preferentemente las islas cercanas a la costa occidental de la parte más meridional del continente africano.


Grandes o pequeñas, rocosas, batidas a veces por las aguas mezcladas de los dos océanos, estas islas abundan en los confines del Atlántico y del océano Índico. Nosotros, por nuestra parte, vemos poca diferencia entre las tierras situadas inmediatamente al este de El Cabo y las que limitan con el oeste.



Cual es el territorio donde habitan los osos marinos



Más selectivos que el hombre, los osos marinos sólo habitan estas últimas. Quizá la temperatura del océano Indico sea algo más elevada en esta zona para animales que viven con preferencia en los mares fríos. Dejando atrás los innumerables atolones del océano Indico, el Calypso pone proa hacia la ciudad de El Cabo y las islas adyacentes, donde nos dedicaremos a una pacífica caza fotográfica de aves, pingüinos y otarias.


¿El único defecto de los pinnípedos? El olor repugnante que se desprende de los sitios que habitan. Playas, rocas e incluso las olas del mar están infestadas por su orina y excrementos. Ágiles y graciosas tanto en tierra como en el agua, las otarias se revuelcan en sus deyecciones como los puercos. Nuestro olfato es más delicado. Cuando cambia el viento en dirección nuestra y nos envía esos apestosos efluvios, se nos revuelve el estómago.

martes, 20 de enero de 2009

Las hormigas melíferas

En los desiertos de Sudamérica, África, Australia y el suroeste de Estados Unidos, las hormigas melíferas almacenan los jugos azucarados de algunas plantas o las secreciones dulces de los pulgones, cuando abundan, para consumirlos durante la estación seca. En cada hormiguero se escoge a varios cientos de obreras para que sirvan de despensas vivientes.



Las recolectoras las sobrealimentan con el liquido, haciendo que sus abdómenes se hinchen hasta alcanzar el tamaño de un guisante, es decir, unas ocho veces lo normal. Cuando están a punto de reventar, las elegidas se cuelgan del techo en una galena del hormiguero, como si fueran una pierna de jamón ahumado.



Cuando llega la estación seca, estos "odres de miel" alimentan a sus compañeras regurgitando el liquido poco a poco, hasta que se vacían por complete Luego se encogen, mueren y se les desecha como si fueran envases comunes.

domingo, 18 de enero de 2009

Los cnidarios

Estamos seguros que más de un lector debe haber encontrado sobre la arena una Fiscalía (Physalia) o «fragata portuguesa» como se les llama comúnmente constituida por un flotador ovalado de unos 8 a 15 cm lleno de gas al cual se unen largos tentáculos, algunos de ellos muy urticantes, que producen un gran ardor y sensación de quemazón al tocarlos, por lo que se recomienda tener mucho cuidado al manipular estos animales.



Estos organismos tienen la peculiaridad que constituyen una colonia, integrada por varios individuos donde cada uno realiza una función a saber: los gonozoides se encargan de la reproducción, los gastrozoides de la alimentación y los dáctilo zooides de la defensa.



El grupo de los cnidarios



También se puede encontrar Velella, de unos 2 a 5 cm de diámetro, de forma oval con una pequeña vela ubicada dorsalmente que le permite flotar y con la colonia en su parte ventral.


Similar a Velella es Porpita pero de forma circular.



Tanto estos dos animales mencionados así como Fisalia se incluyen dentro del grupo de los CNIDARIOS pues poseen en sus prolongaciones una gran cantidad de células especializadas denominadas cnidocitos, que en su interior contienen miles de nematocistos. Cuando la sustancia urticante de miles de estos nematocistos es descargada para capturar sus presas o como defensa porque roza a una persona, es generada nuevamente en 48 horas.

sábado, 3 de enero de 2009

Las ballenas del desierto

Océano Pacífico. Costa de la Baja California. Yves Omer, Bernard Delemotte y Albert Falco siguen a una ballena. Su lancha neumática levanta el motor cada vez que el cetáceo sube a la superficie para respirar, e intenta seguir su trayectoria cuando se sumerge. La persecución dura desde hace una hora. Cada vez que el cetáceo resopla, la lancha neumática se encuentra bien situada respecto a él. Ivés Omer se ha sumergido tres veces con la cámara, pero sólo ha podido obtener unos primeros planos fragmentarios de la cabeza de la ballena.




La tarde va transcurriendo y no nos quedan más que dos horas para conseguir nuestro propósito. Juzgar cuál es el momento propicio para zambullirse resulta extremadamente difícil: si el buceador penetra demasiado pronto en el agua, la ballena hace un giro para evitarlo; pero si se sumerge demasiado tarde, sólo verá pasar delante de su objetivo la cola del animal. Cuando decidimos filmar a las ballenas grises de California durante su migración, pensábamos que sería relativamente fácil captarlas al pasar. En cualquier caso, queríamos recoger informaciones precisas sobre su actitud durante su largo desplazamiento, que las lleva en otoño desde el mar de Bering hasta las cálidas bahías de la Baja California. Pero...




Exploración de las ballenas del desierto




«¡Cuidado!» El grito de Bebert se pierde en el estrépito del agua que se arremolina y salpica. Desde el puente de nuestro barco comprendemos difícilmente lo que ha ocurrido. La lancha neumática estaba en buena posición, los hombres listos para la acción, y de repente todo estalló. Sin duda, la ballena, encolerizada, ha reaccionado bruscamente, a menos que haya dado un coletazo involuntario. El bote neumático es lanzado por los aires y los hombres desaparecen en el mar.




Delemotte se queda atrancado durante un instante entre el cuerpo de la ballena y la lancha. «Mi pierna, mi pierna», gime Omer. En la superficie, Bebert se debate enredado en un embrollo de cabos... Más tarde, cuando hacemos balance del incidente, podemos decir que hemos tenido suerte. Omer, que ha chocado con el borde flexible del bote neumático sólo tiene luxación de rodilla. Delemotte ha sido bamboleado, pero se recupera muy rápidamente.

viernes, 2 de enero de 2009

La ballena Moby Dick


Y no era tanto su enorme tamaño, ni su extraño color, ni incluso su mandíbula inferior deforme lo que la hacía terrible, sino su inteligencia sin igual, que, según informaciones fiables, había demostrado en muchos combates. Sus retiradas traicioneras asustaban tal vez más que todo el resto.


Se sabe de sobra que varias veces, mientras huía de sus cazadores victoriosos con todos los síntomas del pánico, había dado bruscamente media vuelta y, echándose sobre ellos, había destrozado sus embarcaciones o los había lanzado aterrados sobre sus barcos.» (Moby Dick.)




Terror de los balleneros y maldición del capitán Achab en la obra maestra de Melville, el cachalote blanco simbolizaba a todas las ballenas y focalizaba los terrores que inspiraban.


Era el fantasma de las pesadillas de los hombres desesperados, o de los aventureros que, a cambio de un miserable salario, se embarcaban durante largos meses en sólidos veleros a la persecución del monstruo.


Una vez localizado el rebaño, se botaban las chalupas, también llamadas balleneras. En un mar hostil y peligroso, seis hombres en una barca de nueve metros acosaban a un cetáceo de 15 a 18 metros. A fuerza de remos, la ballenera alcanzaba al animal. Se producía entonces el choque, la lucha cuerpo a cuerpo. El arponero lanzaba su arma provista de una larga cuerda. El animal herido huía precipitadamente, arrastrando a la chalupa en su carrera demencial, entrecortada por buceos, bruscos giros y formidables coletazos. Durante la persecución, que duraba a veces horas, la vida de los hombres estaba en constante peligro.




La caza de la ballena Moby Dick




Pero el enorme animal acababa por agotarse al desangrarse, y la chalupa se le acercaba. Un hombre armado de una lanza apuntaba a un punto concreto, cerca del ojo del animal herido, y lo mataba. Remolcado hasta el barco, el cadáver se ataba a estribor, la cola dirigida hacia la proa, y el descuartizamiento empezaba. En el transcurso de cuatro o cinco horas, el animal era cortado en trozos.


Se derretía la grasa en enormes calderos. La cabeza de un solo cachalote daba varios barriles de espermaceti, ese aceite muy puro y valioso que se empleaba en relojería y en la fabricación de cosméticos.


En las visceras del cetáceo se encontraba a veces ámbar gris. Esta sustancia olorosa, que se forma en el intestino del animal, es probablemente el residuo de la digestión de los calamares, y su valor resulta todavía hoy muy elevado. La masacre duró años y los animales fueron escaseando cada vez más. Afortunadamente para ellos, el petróleo sustituyó al aceite de cetáceo para el alumbrado.




La caza de la ballena tuvo un período de descanso. Pero en 1868, el noruego Svend Foyn puso a punto una invención que impulsó nuevamente la actividad de los balleneros: se trataba del cañón lanzaarpones, capaz de clavar a distancia un arpón de cabeza explosiva en el cuerpo del animal.


Unido a la propulsión a vapor, otro descubrimiento de aquella época, el cañón permitió acosar a los rorcuales (ror-cual azul, rorcual franco, yubarta), intocables hasta entonces debido a su rapidez. Al principio del siglo XX volvió la caza a gran escala, después de que se descubriera que el aceite de cetáceo podía utilizarse en la fabricación de margarina y de otros productos alimenticios, farmacéuticos e industriales. Los despoblados mares de la región septentrional y templada del globo fueron abandonados, y los barcos se dirigieron a las ricas aguas del Antartico. Prepararon en primer lugar bases terrestres para tratar a los animales cazados, pero con posterioridad la técnica se mejoró hasta llegar a los modernos barcos factoría, que sirven de base a las flotas balleneras.


La matanza de los rorcuales azules en el Antartico culminó entre los años 1930 y 1940, en los cuales se mataron anualmente unos 30.000 ejemplares. El número de grandes cetáceos descendió peligrosamente. Después de la pausa debida a la guerra, y a pesar de que los rebaños no se habían rehecho durante el período de interrupción de la caza, nuevas naciones practicaron esta actividad. Más de 45.000 cetáceos (rorcuales azules, cachalotes, rorcuales comunes, etc.) fueron abatidos anualmente.



En 1949 se creó en Londres la Comisión Ballenera Internacional (CBI), que fija los cupos por especies y que define las características de las ballenas que pueden ser cazadas cada año. La tragedia de las ballenas no ha terminado, sin embargo: varios países, en especial la Unión Soviética y el Japón, se niegan a aplicar las recomendaciones de la CBI. Sus flotas son incontrolables e incontroladas.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Las fochas


Pertenecen al género Fúlica las fochas, que durante la época de celo defienden enérgicamente sus territorios enfrentándose con otros individuos de su especie y rociándolos con agua. Para ello arquean primero las alas manteniendo inclinada la cabeza y, si no se produce la retirada de ninguno de los contrincantes, nadan juntos de lado salpicándose mutuamente con ayuda de las alas.




Al cabo de unos pocos segundos, se retirará una de las aves luchadoras, seguida por la vencedora. La especie más común es la focha común o europea (F. aira), frecuente en España, que tiene en el pico una placa frontal blanca.




Como se defienden las fochas




Es una excelente nadadora, tiene las patas verdes y los dedos lobulados. Pasado el período de la nidificación, estos animales gustan de reunirse en grupos a veces muy numerosos y, cuando se sienten molestados, levantan el vuelo después de una larga carrerilla, necesaria para despegar. La focha gigante (F. gigantea), propia de algunos lagos de los Andes, es característica por su costumbre de construirse el nido con piedras formando un islote en el centro de estanques y pequeños lagos.




En España es rara la presencia de la focha cornuda (F. cristata), propia de África, que se distingue fácilmente por su placa frontal ahorquillada por la parte superior, formando dos especies de cornetes de color rojo. Hay que recordar finalmente el rascón de Tristan de Cunha (Atlantisia rogersi), el rascón de bosque (Tricholimnas sylvestris) de la isla de Lord Howe (en el Pacífico), los géneros Rallina indoaustraliano, Rallicula de Nueva Guinea y Aramides de América del Sur.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Osos marinos

Día 7 de marzo de 1968. Ayer, frente a las costas del cabo de Buena Esperanza, nuestros buceadores se han encontrado, entre las algas que rodean a la isla de las Focas, un oso marino de un año.»



Esta observación, anotada apresuradamente en el diario de a bordo del Calypso, marca el principio de una aventura entre las más divertidas y conmovedoras que he vivido en el curso de los años pasados en contacto con los animales. Durante la «gran travesía» que nos llevó a todos los mares de nuestro planeta para filmar a los animales y los lugares más insólitos, decidí un día adoptar a dos otáridos. Eran dos jóvenes machos, a los que pusimos Pepito y Cristóbal, y que mantuvimos a bordo del Calypso durante varios meses. Pero antes de relatar esta historia, digamos unas palabras sobre los otarios. La longitud total de los animales de la familia de los otáridos varía entre 1,50 metros y 3,50 metros, y su peso va de los 35 a los 350 kilogramos, siendo las hembras mucho más pequeñas que los machos.



Que son los osos marinos



Los otáridos pertenecen al orden de los pinnipedos. Se distinguen de las focas (fócidos) y de las morsas (obedénidos) por la presencia en ellos de pabellones auriculares, aunque sean pequeños, y por la estructura del cuerpo, particularmente esbelta. Su cola es corta, y los miembros anteriores se han transformado en grandes aletas, cuya longitud alcanza la cuarta parte del total del cuerpo. Sus miembros posteriores, que pueden doblarse hacia adelante bajo el vientre, les sirven para desplazarse con bastante rapidez en tierra firme.



Los dedos de sus manos y los de los pies están unidos entre sí con una membrana interdigital sostenida por cartílagos. Mamíferos muy gregarios, sobre todo durante la época de celo, pueden ser vistos en tierra rebaños compuestos por centenares de individuos. Según su tipo de pelaje se dividen los otáridos en leones marinos (de pelo áspero) y osos marinos (de pelo corto), suave y apretado, tan apreciado en peletería.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Las yubartas

Macizas y pesadas, dotadas de aletas pectorales largas y finas, las yubartas (Megaptera novaeangliae), también llamadas ballenas xibartes, al sumergirse arquean su espalda como si tuvieran una joroba.




Bajo la superficie entonces impenetrable del mar, los balleneros no podían sospechar la belleza, el encanto fluido de estos misticetos, ni el impresionante despliegue de sus aletas pectorales blancas. Viajeras infatigables, las yubartas migran con regularidad desde las aguas polares hacia los mares tropicales, y viceversa.


Por lo general se las encuentra en el Caribe hacia la mitad de febrero, especialmente en los canales poco profundos que dividen al archipiélago de las islas Vírgenes. La caza de la ballena xibarte está prohibida por la Comisión Ballenera Internacional, como lo está la de las diferentes ballenas francas, la del rorcual azul y la de la ballena gris. En la actualidad se pueden elaborar los productos obtenidos tradicionalmente de las ballenas sin tener que recurrir al exterminio de los cetáceos.




Estos han proporcionado durante decenios materiales básicos en la fabricación de bienes de consumo: aceite bronceador, lápiz de labios, jabón, margarina, alimentos para perros y gatos, abonos, aceites de alumbrado, sin olvidar las famosas ballenas de los corsés y paraguas, fabricadas a partir de las barbas de los misticetos. Hoy día existen en todos estos casos productos sustitutivos. «¡Resopla. Allí, allí, allí!» La tripulación del Calypso utiliza el grito tradicional de los antiguos balleneros para indicar que una ballena ha sido avistada. Provistos de cámaras, Francois Dorado, Raymond Coli y mi hijo Philippe embarcan en una lancha neumática. Este macho solitario, probablemente el explorador y cabecilla de un rebaño que se dirige hacia el norte, mide 16 metros y pesa unas 50 toneladas.




Como es la vida de las yubartas




Después de subir a la superficie para respirar, desciende rápidamente a unos treinta metros de profundidad. Desde el helicóptero gracias al cual dirijo las operaciones, lo veo evolucionar en el seno de las aguas como una enorme nave con alas delta.




Veloz, Raymond Coli se introduce en el agua encima de la silueta estilizada del animal. Por supuesto, un buceador no es capaz de nadar tan rápidamente como una ballena, y la única cosa que puede hacer Raymond es enfocarla unos pocos segundos para obtener unas imágenes al pasar. Propulsada por su potente cola, la yubarta boga sin esfuerzo a 10 kilómetros por hora. Si siente la necesidad, puede mantenerse a velocidades de 20 ó 30 kilómetros por hora: filmarla bajo el agua es cuestión de suerte. En la proa de la lancha neumática lanzada a toda velocidad, Philippe espera el momento de zambullirse para recoger a su vez una imagen del animal.


Con esta técnica, después de un día entero de trabajo, decenas de inmersiones y kilómetros de acrobacias en la lancha, llegamos al resultado de unos pocos metros de película utilizable, en los que sólo aparece la silueta decepcionante de una gran cola que se aleja... Con un aletazo, la yubarta gira bruscamente para huir de Philippe, que se encuentra allí, en algún lugar bajo la espuma.


Luego realiza una ágil media vuelta. Una vez más, Philippe ha sido despistado. Desde el cielo, me doy cuenta de las dificultades de la empresa. Los esfuerzos de los buceadores y de los operadores, por muy expertos que sean y por muy entrenados que estén, resultan irrisorios frente a la agilidad, la potencia y la masa de estos animales marinos, que quizá nos consideren como nosotros consideramos a las hormigas.



De todas las ballenas de gran tamaño, la yubarta es la más juguetona. Se la ve a menudo saltar muy alto por encima de las olas antes de caer con gran estrépito. Es también muy hermosa. Una antigua ley inglesa la designaba como el «pez real». El término pez resulta evidentemente impropio para definirla, pero su aspecto es en verdad real.


La cara inferior de su aleta caudal parece formada de piel de armiño, y sus aletas laterales, de una longitud igual al tercio del cuerpo, son también de una blancura resplandeciente. Nuestra amiga la ballena xibarte, que acaba de gastar una broma a Philippe, parece atraída por los remolinos que provocan bajo la superficie del mar las palas del helicóptero. Viene a refrescarse debajo de este ventilador gigante. Después de abonadonarnos tras un potente coletazo, nos observa y nos saluda cordialmente con su aleta.

martes, 18 de noviembre de 2008

Los delfines

Un investigador que observaba a través de un ojo de buey a unos delfines cautivos sopló en broma el humo de su pitillo contra el cristal del ojo de buey, bajo la atenta mirada de un bebé delfín que le observaba al otro lado. Después de un instante de duda, el pequeño delfín se dirigió hacia su madre para chupar una bocanada de leche. De vuelta otra vez ante el ojo de buey, el animal escupió la leche en dirección del investigador, provocando así una nube lechosa semejante a la que había creado el humo del cigarrillo.



He leído hace poco esta anécdota. Ilustra maravillosamente una de las características distintivas de los delfines: estos odontocetos son capaces de imitación. ¿Tienen también sentido del humor? Entre las especies animales, algunas presentan un comportamiento genético programado; dicho de otra manera, «un instinto»; en otros, el individuo debe construir por sí mismo, en un ambiente preestablecido, sin embargo, todos los conocimientos indispensables para su supervivencia; por fin, en algunas especies superiores, el individuo puede utilizar para su provecho la experiencia de otros.

El progreso del hombre, que acumula y transmite de generación en generación su experiencia y sus descubrimientos, está basado en este mecanismo. Uno de los medios de transmisión de este valioso patrimonio consiste en la imitación, que no es, evidentemente, una de nuestras características exclusivas.

Los odontocetos tienen otras analogías con el hombre. Su cerebro, particularmente voluminoso, está dotado de numerosas circunvoluciones. Junto con el del hombre, es el único en tener una característica importante: la presencia, en el mesencéfalo, de sustancia gris, que no poseen ni los grandes monos antropoides. Algunos científicos afirman que el cerebro de varios cetáceos alcanza un grado de perfección superior al del cerebro humano, hasta el punto de que debemos dudar de lo que fue una certeza durante siglos: la preeminencia del cerebro humano sobre el de los demás animales.



Hablemos del lenguaje. La laringe de los odontocetos presenta también una característica única: la epiglotis y los cartílagos aritenoides están tan desarrollados que forman una prolongación semejante a un pico de ganso, que se extiende hasta la parte inferior del conducto nasal y que puede ser cerrado por un músculo que lo rodea. Esta particularidad anatómica permite a los odontocetos modular las diferencias de presión del aire durante la respiración y juega un importante papel en la emisión de sonidos. El delfín «habla» emitiendo una serie de sonidos extremadamente variados, tanto en las frecuencias perceptibles para el oído humano como en ultrasonido.


La inteligencia de los delfines



Hemos visto la gran capacidad de imitación de los delfines. Estos mamíferos marinos son igualmente capaces de copiar el lenguaje humano, aunque de forma menos perceptible que la de los loros, pero esto se debe al hecho de que los delfines hablan más rápido que nosotros.

Algunos eetólogos están convencidos de que, mediante un entrenamiento adecuado, sería posible enseñar a los delfines a hablar más despacio, y por lo tanto a dialogar con nosotros. Los animales podrían respondernos, y no sólo mirar lo que les dice el domador. Los experimentos llevados a cabo en esta dirección no han dado fruto hasta el momento.



De cualquier forma, no cabe duda que, a diferencia de los demás animales, si exceptuamos al hombre, el delfín es capaz de formar una frase de dos palabras unidas, base de un verdadero lenguaje. Para el que aborda con una mente atenta el comportamiento de los delfines y el de los odontocetos en general, los motivos de sorpresa son múltiples.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Los jacánidos

Los Jacánidos son aves de pequeñas dimensiones (35-40 cm) y patas muy alargadas que viven en zonas pantanosas. El aspecto alargado de las patas se encuentra acentuado, además, por sus dedos, sumamente largos y provistos de uñas rectas, la posterior mucho más larga que el propio dedo y en extremo afilada. Esta conformación del pie constituye una perfecta adaptación a la vida sobre la vegetación flotante. La coloración de estos animales se mueve en torno a los tonos rojizos y broncíneos, con zonas blancas en las que aparecen dibujos oscuros, especialmente en el abdomen. Los sexos son parecidos y los jóvenes de todas las especies son similares, pues tienen un color tostado rojizo por la parte superior y casi de un blanco sucio por la inferior.


El pico es alargado, recto y comprimido, con la punta ligeramente curvada en su extremo; las alas son bastante largas, mientras que la cola es corta, excepto en el caso del faisán de agua. Hay algunas especies que, durante el vuelo, muestran un visible y característico dibujo de las alas, casi en forma de espejo, aunque sin los reflejos metálicos típicos de los ánades.



La alimentación de los jacánidos



La alimentación es variada y consta de insectos, diversos invertebrados acuáticos y vegetales. Los Jacánidos están en condiciones de correr con sorprendente rapidez por encima de la vegetación acuática, aparte de que son excelentes buceadores y nadadores, aproximándose más en este aspecto a los Rálidos que a los demás caradriformes. Comúnmente viven en parejas o aislados, si bien en determinadas circunstancias pueden reunirse en grupos en el transcurso del período no reproductivo. No son aves migratorias, pero efectúan desplazamientos de una cierta importancia.



Los Jacánidos, que son aves silenciosas, para pedir socorro no dudan en emitir gritos de alarma. El cortejo comporta unas exhibiciones muy interesantes, como el estremecimiento de las alas, diferentes reverencias y otras curiosas posturas. Forman parte de la familia seis géneros y siete especies. El faisán de agua (Hydrophasianus chirurgus) está circunscrito a Asia tropical; Metopodius indicus pertenece a la India y a buena parte del África oriental y su territorio limita al este con el de Irediparra gallinacea de Indonesia y Australia. La jacana americana o gallito de agua Jacana spinosa, con sus diferentes subespecies, se encuentra difundida en gran parte de América tropical. Pueden citarse igualmente Microparra capensis del África oriental, Actophilornis africana de la región etiópica y Actophilornis albinucha de Madagascar.

Relación del delfin con el hombre

Un público heterogéneo de niños y adultos se aprieta codo con codo en las gradas alrededor de una inmensa piscina, más grande que las utilizadas para disputar las competiciones olímpicas de natación. En la plataforma elevada que pende sobre el espejo azul del agua se agita un hombre manipulando sucesivamente un pescado, balones, perchas; en una palabra, todo el atrezzo abigarrado del circo. A sus voces de mando, magníficos delfines de piel reluciente saltan valientemente fuera del agua o hacen mil cabriolas. El público se desternilla de risa.


Hace treinta años, ningún organizador de espectáculos hubiera podido imaginarse un número semejante. Hoy día, la presentación de delfines amaestrados es moneda corriente.



El hecho de que un delfín jamás haya mordido o atacado a un ser humano, su extrema docilidad y su excepcional capacidad de imitación, que le permite aprender rápidamente los números que se le enseñan, han incitado a investigadores y científicos, así como a los organizadores de espectáculos lucrativos, a capturar y amaestrar a estos mamíferos para tratar de hacer de ellos animales domésticos.

Los biólogos y etólogos se han interesado particularmente en la especie Tursiops truncatus, el delfín mular, considerado como el más dócil para ser domesticado; pero recientemente se ha descubierto que la mayoría de los odontocetos se prestan con facilidad a los experimentos y están dotados de la misma capacidad de aprendizaje.

Para juzgar el éxito obtenido hasta hoy con los delfines, no hay que olvidar que fueron necesarios miles de años para que los animales domésticos que ahora conocemos se hicieran lo que hoy día son: el desenlace de una larguísima selección operada a través de innumerables generaciones y cruces.

Tratándose de mamíferos marinos, nuestros logros no han hecho más que empezar: fue en 1964 cuando por primera vez delfines amaestrados para llevar a cabo una misión específica fueron soltados en el mar. Por lo demás, hasta ahora se conocen 70 especies de pequeños cetáceos, incluidos los delfines. Si el hombre quiere crear una relación de colaboración y de amistad con los delfines, debe armarse de mucha paciencia y emplear mucho tiempo antes de esperar obtener resultados tangibles. El amaestramiento de delfines en cautividad es el último de una serie de problemas. Para el que ama a los animales, el más serio es el de su captura.

La multiplicación de los centros de diversión llamados Marinelands ha suscitado la aparición de unos personajes especializados en el arte de capturar mamíferos marinos para venderlos, ya amaestrados o todavía «salvajes».



Como es la relación del delfín con el hombre



Como los cazadores de animales destinados a los zoológicos y los circos, estos individuos son en general negociantes sin escrúpulos. Lo único que les importa es el dinero; tratan a los animales como mercancía y no como seres vivos dignos de respeto y de comprensión. La captura entraña a veces heridas o incluso la muerte de los sujetos elegidos; pero la abundancia de delfines permite este «desperdicio». El problema del shock físico y psicológico sufrido por el cetáceo a causa de una captura traumatizante efectuada con medios expeditivos, no preocupa para nada a estos traficantes. Ellos saben que no se puede prever de qué forma el prisionero se va a adaptar a la cautividad. Los reacios junto con los menos «buenos» serán de todas maneras eliminados.



Y es un gran problema. Un cierto número de cetáceos aceptan en pocos días ser alimentados por la mano del hombre, evolucionando en el limitado espacio de una piscina y viviendo solos o cerca de delfines de otros rebaños (o de otras especies). Pero son más numerosos los animales que rehusan todo alimento y se refugian en un rincón de su prisión, donde se dejan morir si no se les suelta prontamente. Nadie sabe, por lo demás, si los animales reanudan sin mayor dificultad el hilo normal de su existencia después de haber recobrado su libertad. Tal vez queden marcados para siempre por la experiencia brutal de la captura.

Vida en libertad de los osos marinos

Un día descubrimos en el fondo del agua los cañones de un galeón español, que —¿quién sabe?— puede que contenga un tesoro... Apasionados en seguida por este trabajo de investigación sobre el pecio. Falco y Coli no se dan cuenta de inmediato de que Cristóbal presta oídos complacientes a la llamada de la libertad. Quien lo advierte es Maritano, nuestro capitán. Tras una zambullida más prolongada que de costumbre, Cristóbal ha sacado la cabeza fuera del agua a buena distancia de las burbujas emitidas por las escanfadras de los buceadores, y nada rápidamente en dirección opuesta a donde está el Calypso anclado. Los hombres han exterminado desde hace tiempo a las focas fraile, parientes de los osos marinos que poblaban en otro tiempo el mar Caribe, y éste no es el lugar ideal para una otaria guiada por sus instintos nómadas. Seguimos a Cristóbal con los prismáticos mientras Coli se dispone a alcanzarlo con el bote neumático y prepara trozos de calamar como cebo para hacer que el animal dé media vuelta. Pero Cristóbal está ya muy lejos...




Desesperado, Pepito vaga por cubierta buscando a su amigo, sin lograr entender que Cristóbal ha partido para siempre. Tampoco se sabe explicar por qué los hombres están tan apagados y silenciosos, sin ganas de divertirse. Sus largos baños matinales han sido suprimidos, y el Calypso se ha puesto nuevamente en movimiento. Solicita frecuentemente de Raymond caricias y consuelo... En el muelle de San Juan de Puerto Rico, donde hemos fondeado, los pescadores cuentan una historia que nos hace prestar oído atento. Hace unos días, un pescador capturó en el mar una otaria, una criatura extrañamente familiar que en pocas horas se ha tragado 20 kilogramos de pescado, el fruto de toda una jornada de labor. Después de mucho pensarlo, el pescador ha decidido mirar por su presupuesto vendiendo la otaria... Encontramos a este hombre, que nos da otros detalles. Y no nos cabe ya duda.




Como es la vida en libertad de los osos marinos




¡No resulta fácil recuperar a Cristóbal.' Desconfiada e interesada, la mujer que lo ha comprado se aviene, no obstante, cuando le prometemos que figurará en una secuencia de nuestra película sobre los osos marinos, puesto que ha contribuido a salvar a uno de ellos. Pagamos la nota (¡estratosférica!) que nos presenta como indemnización por los gastos (!) que ha tenido para mantener a Cristóbal. ¡Pobre Cristóbal! Le encontramos en pésimas condiciones, mal alimentado, delgado y doliente, en una balsa de plástico inflable en medio de excrementos. Le llevamos de nuevo a bordo del Calypso en automóvil. En el muelle de San Juan, el comité de recepción incluye fotógrafos, operadores de la televisión local, periodistas, la tripulación del Calypso en pleno y Pepito, que es el primero en precipitarse para abrazar al amigo recobrado. Nosotros mismos estamos en un estado deplorable. Las emociones del viaje han desencadenado en Cristóbal un cólico incontenible... El automóvil apesta verdaderamente.




El cocinero de a bordo ha preparado calamares a la provenzal, el plato preferido de Pepito y Cristóbal, que compartimos con ellos en una confusión indescriptible. A la mañana siguiente, la historia, pasablemente aumentada, aparece en la prensa local, y los habitantes de San Juan se precipitan a bordo para ver al héroe del día. Tras nuestra sonrisa hospitalaria se oculta la prisa por volver al mar lo más pronto posible, pues Pepito y Cristóbal están bastante perturbados con todos estos acontecimientos.




Dos semanas después de su vuelta a bordo, Cristóbal cae enfermo. En realidad nunca se ha repuesto totalmente de las consecuencias de su fuga, de su estancia en un estanque demasiado pequeño y lleno de excrementos, y sin duda también del régimen alimentario que ha tenido durante este período. El médico de a bordo hace lo que puede, pero el animal se encuentra en un estado crítico. No sirven para nada ni inyecciones de cardiotónicos ni, incluso, masaje al corazón. Cristóbal muere.




También para Pepito la aventura toca a su fin, pero afortunadamente de forma menos trágica. Unas semanas después, el Calypso se adentra en el Pacífico por el canal de Panamá. Quiero liberar a Pepito en una zona donde pueda sobrevivir.


A lo largo de la costa peruana, paramos máquinas cerca de las islas Chíneos, pobladas por osos marinos de la especie Arc-tocephalus australis. Más pardos que Pepito, tienen la nariz algo más larga, pero son ciertamente aptos para vivir con él. Capturamos e izamos a bordo a una de estas otarias para que los biólogos la examinen, pidiéndoles que comprueben si está sana y presenta las características necesarias que garanticen una feliz estancia de Pepito en la colonia.


Pero, desdiciendo todas las conclusiones de los biólogos, Pepito se arroja al agua —nunca lo había hecho antes— y escapa... Es la mejor solución, sin duda alguna. Personalmente, lo habría pasado mal de tener yo que tomar la iniciativa de la separación; lo mismo sentirían todos los demás del Calypso. Preferimos que él haya partido por sí mismo, y únicamente deseamos que haya encontrado, en los antípodas de su isla natal, un modo de vida natural y agradable, similar al que habría llevado si los hombres no le hubieran arrebatado de su hábitat de origen.

El canto de las ballenas

En el crujiente y maloliente vientre de los viejos balleneros de vela, temblando de miedo sobre sus camastros, los supersticiosos marineros escucharon a menudo los gemidos, los cantos y los silbidos de las ballenas en el transcurso de las largas noches que precedían a las peligrosas cacerías de las que nadie estaba seguro de salir con vida.



En busca de las ballenas que cantan, nuestro equipo se dirigió a las aguas de las Bermudas, 1.000 kilómetros al sudeste del cabo Hatteras. Las yubartas son las más charlatanas: «hablan» mucho más que las ballenas grises o los rorcuales. Hacen una parada en esa zona para alimentarse y descansar en el transcurso de su fatigosa migración, que cada primavera las lleva a las aguas frías, pero abundantemente ricas en plancton, del Atlántico norte.



«¡Resopla!» Enormes lomos sobresalen del agua y luego se arquean durante las inmersiones. Nos encontramos frente a un importante rebaño. La lancha neumática es botada inmediatamente y se acerca. Con el motor parado, los hombres del Calypso se aproximan a remos hasta situarse en medio del grupo. Permanecer tranquilo es una necesidad absoluta: un solo coletazo, aunque sea involuntario, lanzaría por el aire a la embarcación y a su tripulación. Pero las ballenas no son agresivas.

Cuando nuestros buceadores se sumergen entre ellas, se asustan un poco del ruido de las burbujas que se escapan de los aparatos submarinos. Los cetáceos no tienen oídos externos, pero sus oídos medio e interno están bien desarrollados y son muy sensibles a los sonidos subacuáticos. Esta es, por cierto, la razón por la que es posible inmovilizarlos o aturdirlos girando a su alrededor con los fuera borda lanzados al máximo.



Mientras que las ballenas se alejan, con gran desesperación de Philippe, que no ha podido filmarlas a su gusto, nuestros hidrófonos trabajan y registran las llamadas de las yubartas que resuenan entre las paredes de un cañón submarino.



Como es el canto de las ballenas


En el océano existen «canales sonoros» que confieren a la voz de los cetáceos un considerable alcance. Nuestras grabaciones, que volvemos a escuchar sin cansarnos, incluyen una gran variedad de sonidos melodiosos, y no es extraño que los científicos los llamen «cantos». Para nosotros, estos sonidos no tienen sentido. Nos es imposible descifrar su significado. Hablo de esta cuestión con un experto, el doctor William Cummings, director del Departamento de bio acústica aplicada del Centro de Investigaciones Navales de San Diego, en California. «¿Han analizado ustedes nuestras cintas magnetofónicas?, le pregunto algún tiempo después de finalizar nuestra misión.


—Acabamos de terminar.

— ¿Han utilizado ustedes el analizador de
Frecuencias?

—Por supuesto. En el caso actual, el registro va de 44 a 2.200 vibraciones por segundo: son frecuencias semejantes a las de la voz humana. El espectrograma siguiente desvela una imagen visible de las emisiones características de las yubartas. Esta línea indica la amplitud del sonido en función del tiempo, y la anchura de esta sombra negra revela la potencia de la emisión. Pueden ustedes constatar que el grito desciende hacia tonos más graves.

—¿Tiene usted alguna idea de la manera en que emiten sus sonidos las ballenas?

—En algunas ocasiones, cuando el cetáceo está en la superficie y espira aire, es probable que utilice su laringe. Pero no tiene cuerdas vocales.

—Dado que estas señales pueden ser oídas en un radio muy extenso en el seno del mar, podemos pensar que los cantos han de ser relacionados con el comportamiento de las ballenas en grupo. ¿Cree usted que cada canto corresponde a un determinado comportamiento social?

—No ha sido posible demostrarlo experimentalmente, pero estamos convencidos de que los cetáceos no habrían desarrollado un mecanismo y un vocabulario sonoro tan complejos si cada uno de sus sonidos no tuviera un significado.

—¿Cuál es su definición de un canto?

—De forma muy general, se trata de una secuencia de emisiones sonoras que se repiten y que comportan una melodía y un ritmo propios. Esta definición puede aplicarse a las emisiones sonoras de las yubartas. Se repiten con largos intervalos, y cada canto dura de nueve a dieciocho minutos, lo que es de excepción en el reino animal. Ningún otro ser vivo es capaz de cantar más de un cuarto de' hora sin tomar aliento, ni de alcanzar frecuencias tan bajas. Y ninguno posee tal amplitud vocal...»

martes, 11 de noviembre de 2008

El Kagú

El kagú (Rhynochaetos jubatus) es la única especie de la familia de los Rinoquétidos, exclusiva de Nueva Caledonia. Es apenas más grande que un pollo, tiene las patas bastante largas, el plumaje gris pizarra con franjas más oscuras y una visible raya blanca en las alas, con manchas rojizas y negras.



Luce sobre su cabeza una cresta despeinada, generalmente colgante, pero que en determinadas ocasiones y durante el cortejo se mantiene completamente erguida. Su pico es bastante robusto, ligeramente curvado y de color rojo brillante como las patas, y de longitud moderada. Lleva una vida nocturna, en el suelo de los bosques tupidos, sin volar nunca o casi nunca, siempre a la búsqueda de gusanos e insectos.



Las costumbres del Kagú



Una de sus costumbres más características consiste en correr rápidamente para quedarse después un cierto tiempo inmóvil. También se le ha visto efectuando extrañas evoluciones, manteniendo agarrada con el pico la punta de la cola o un ala, que despliega durante la parada. Los sexos son parecidos y ambos progenitores toman parte en la incubación y en la construcción del nido.


Éste consiste en un conjunto de ramas y hojas dentro del cual depositan el único huevo color herrumbre y del cual, al cabo de treinta días, nacerá un polluelo de color oscuro. A pesar de la relativa facilidad con que se cría el kagú en cautividad, todavía se desconoce su comportamiento en estado salvaje.

La serenata del grillo

Parecería imposible que con su longitud, no mayor de cinco centímetros, el grillo fuera la gran sensación. Aun así, su canto atrae a millones de personas en todo el mundo. Como emite sus notas esta diminuta criatura, y con que intención? Cabe destacar que en las cerca de dos mil cuatrocientas especies de grillos identificadas solo cantan los machos, y que su música proviene de las alas, no de la garganta.

Una enciclopedia explica que producen sus sonidos al frotar el segmento de un ala delantera con una serie de dientes (entre 50 y 250) de la otra. La frecuencia depende de cuantos dientes se frotan por segundo. Las vibraciones llenan el aire con su canto distintivo.



De seguro, su tonada no tiene el único objetivo de entretener al ser humano, no señor. El publico para el que toca este músico es una posible pareja. "Cuando busca compañera, el macho, experto en comunicaciones, entona tres diferentes tipos de melodía: uno con el que anuncia su presencia, otro de cortejo y uno mas para intimidar a los indeseables rivales", explica el libra Exploring the Secrets of Nature (Exploración de los secretos de la Naturaleza). Hay grillos que no dejan de anunciarse con su canto hasta que alguna hembra muestra interes.

La "dama" escucha la sinfonía, ya que esta dotada de "oidos" en las patas delanteras, pero no se contenta con un noviazgo a distancia. Cuando ella se acerca, el grillo emite una vibración continua, el canto de cortejo. Con semejante serenata, se prenda del "galán" y ambos se aparean.



En el Lejano Oriente, algunas personas tienen grillos como mascotas, pues les entretiene su melodía; otras prefieren disfrutar del concierto en su hábitat natural. Sin importar el escenario, la serenata del pequeño cantor cautiva a los seres humanos que lo escuchan.

sábado, 18 de octubre de 2008

Los delfines y el hombre

Permanecimos siete semanas con los Asbury y con Dolly. Nuestros buceadores observaban a Dolly bajo el agua, e intentábamos descubrir las razones que la habían impulsado a abandonar la alta mar y a sus congéneres para adoptar a esta familia de hombres. Nuestro trabajo no era fácil. No porque Dolly fuera reservada, desconfiada o estuviera molesta. ¡Al contrario! Estaba tan acostumbrada a vivir con los hombres, que nuestra presencia era para ella un pretexto para incesantes juegos. Pero su fuerza, su velocidad y su agilidad planteaban a los buceadores serios problemas. De unos cuatro o cinco años de edad. Dolly pesaba 200 kilogramos y medía 2,10 metros de longitud.


Este potente animal, movido por la mejor intención y muy acostumbrado a recuperar los objetos caídos al fondo, cogía a los hombres por las arrugas de sus trajes de buceo y los subía con autoridad a la superficie. Era inútil debatirse: Dolly era mucho más fuerte que cualquiera de nosotros. No comprendimos nunca si, al actuar de esta forma, intentaba salvar a sus amigos, que según su punto de vista corrían el peligro de ahogarse, o si se trataba de juegos, repitiendo una y otra vez un ejercicio que había aprendido con Joan o con otra persona. Su táctica se invertía en la superficie: introducía su hocico puntiagudo entre el brazo y el cuerpo del buzo, y lo arrastraba con fuerza y a toda velocidad hacia el fondo.



Como es la relacion entre los delfines y el hombre



De hecho, la historia de Dolly era muy simple. Formaba parte de los huéspedes de una base de entrenamiento de la marina americana en Key West, un pretendido «centro de investigaciones» destinado en realidad a entrenar a animales marinos para que sirvan de correo en caso de guerra. Cuando la base fue transferida a California, los domadores decidieron no llevarse a Dolly, que tenía un carácter indisciplinado e independiente. Mala recluta. Dolly no obedecía siempre la orden de depositar un objeto en un lugar elegido de antemano. Realmente depositaba el objeto en el lugar indicado, pero lo volvía a llevar después allí donde lo había cogido. Como los delfines estaban entrenados, entre otras cosas, a transportar minas hacia objetivos enemigos, la indisciplina de Dolly preocupaba con razón a los militares...



La soltaron frente a Florida, pero, acostumbrada a vivir en compañía de los hombres. Dolly se dirigió hacia la costa buscando amigos.



Aunque haya sido escogida por él mismo, la vida en semicautividad presenta varios inconvenientes para un delfín. El animal sufre, en primer lugar, la soledad. Nos pareció en seguida, a través de conductas inequívocas, y a veces bastante embarazosas, que Dolly se resentía de la necesidad imperiosa de un compañero capaz de saciar sus instintos sexuales.

Se deslizaba sobre nosotros, nos empujaba con su hocico y se pegaba a nuestros trajes (cuya consistencia le agradaba, sin lugar a dudas), aunque la forma angulosa de nuestros cuerpos la dejaba muy desconcertada. Fue aún más demostrativa con el remo de un bote que encontró un día en el agua; se acostó sobre él e intentó cabalgarlo, a la vez que lo restregaba contra su suave y lisa piel. El remo escapaba, por supuesto, a sus abrazos, y Dolly, muy nerviosa, temblaba y emitía pequeños chillidos de contrariedad. Intentamos varias veces arrastrar a Dolly hacia alta mar, suponiendo que no volvería a casa de los Asbury, al no saber encontrar su camino.



¡Pobres ingenuos! A dos o tres kilómetros del embarcadero de los Asbury, Dolly se paraba de repente y se negaba a ir más lejos.



El caso de Dolly no es un fenómeno aislado; otros delfines han preferido al hombre antes que su libertad y sus congéneres. Un célebre caso fue descrito a finales del siglo XIX. En el estrecho de Cook, que separa las dos principales islas de Nueva Zelanda, un Grampus griseus, la mayor especie de delfín, acompañó durante veinticuatro años a todos los barcos que surcaban estas aguas.

Se restregaba con la quilla de los navios o nadaba ante sus proas, saltando por encima de la superficie, como para divertir a las tripulaciones. Se hizo tan famoso, que muchos viajeros tomaban esta ruta con el único fin de verlo. Se le había bautizado Pelo-rus Jack. Rudyard Kipling y Mark Twain lo han evocado en sus relatos. También en Nueva Zelanda, en 1955, otro delfín amigo de los hombres jugó durante más de un año con los niños que se bañaban en la playa de Oponomi, que se hizo pronto famosa.

Opo, nombre con el que se bautizó al animal, jugaba con un balón, recuperaba las botellas caídas al fondo y las lanzaba por el aire; pasaba entre las piernas de los niños, los llevaba a caballo y se acercaba con agrado a los bañistas para pedirles cariño y caricias. La tripulación del Calypso se topó también con un delfín filantrópico. Un Tursiops truncatus adulto vivió algún tiempo con nuestros buceadores en las aguas de La Coruna, en España. Niña —así llamaron nuestros hombres a esta hembra— les hacía compañía durante sus inmersiones; jugaba con ellos, buscaba sus caricias y se alejaba de las manadas de delfines que atravesaban esta zona de vez en cuando.